En una de las Escuelas de Verano
del sindicato CC.OO. en Morillo de Tou, Huesca, a las que fui con frecuencia y en las que
aprendí muchas y buenas cosas, coincidí en una ocasión con un guatemalteco del
que por desgracia no me acuerdo de su nombre. Colaboraba con la organización de
CC.OO. “Paz y Solidaridad” que busca la forma de fomentar planes de desarrollo
en zonas de Latinoamérica deprimidas.
Tal persona me contaba que el
plan de cooperación en Guatemala marchaba con dificultades. El plan era
sencillo, a una familia se le donaba un cerdo y semillas y a lo que se
comprometían era a donar a otra familia lo mismo que le habían dado a ella, una
vez que estuviesen en condiciones. El asunto marchaba, de tal forma que habían
reunido a más de cien familias en el territorio, con el inicio de unas pocas
familias.
Dentro de las dificultades la más
preocupante eran los jinetes de las grandes plantaciones que aparecían de vez
en cuando y destrozaban las granjas. Pregunté: ¿En qué les puede afectar a los
terratenientes esas pequeñas granjas? En la mano de obra, me respondió el
guatemalteco.
Cuando el indígena pobre tiene un
medio, aunque pequeño, lo suficiente, de subsistencia, la mano de obra se hace
más cara. “Voy a trabajar a la plantación, pero debes de pagarme más” Si no
tiene con qué subsistir, el terrateniente paga lo que quiere.
No es algo nuevo. No está cuantificada
la riqueza acumulada por los grandes terratenientes de los siglos XVII y XIX
por mor de la escavitud.
Es lo que sucede en España con
los trabajadores.
¡Que exageración! ¡Por Dios, comparar
la esclavitud y los sicarios de los terratenientes de Guatemala con nuestras
relaciones laborales! ¡Qué burrada!
Desde luego no se puede
comparar en la formas, pero...sí en los conceptos. Una
gran masa laboral en espera de trabajo.
Las declaraciones de los
directivos de las asociaciones empresariales lo dicen continuamente. Rebajar o
incluso que desaparezca el salario mínimo interprofesional, el despido libe sin
ningún coste (ahora hay despido libre pero con coste), unas leyes que impidan a
los jueces emitir sentencias a favor de los trabajadores…etcétera.
Como decía hace dos días el
presidente de los grandes empresarios “los supuestos derechos” que tiene un
trabajador con treinta años de trabajo, deberían rebajarse, para que su hijo
tuviese un trabajo mejor, un nuevo “contrato social” decía Rosell.
La negociación colectiva
desapareció con la reforma laboral y el “mercado de trabajo” fluye como
cualquier mercado de cualquier mercancía, que esa mercancía sean personas no es relevante...para la economia.
Los políticos que han hecho
posible este estado de cosas y los empresarios que han empujado a que se haga, no son unos desalmados. ¡No!. No quiero
decir que sean unos canallas.
Lo que estoy diciendo es que para
ellos es algo normal, las cosas son así, siempre ha sido así. Hay
ricos y pobres, hay gente que tiene talento para unas cosas y otros para otras.
Dicen ellos:
No podemos malgastar esfuerzos y dinero en una parte de la población
que por su herencia y por su forma de vivir no aspira a mucho más, la
excelencia y la cultura y las formas de vida exquisitas no las puede tener todo
el mundo. Desde luego que hay personas que salen de esa posición con voluntad y
esfuerzo, pero son los menos y a esos hay que ayudarles y darles becas y promocionarles,
pero desde luego no de una forma masiva.
La población es fundamentalmente solidaria y sabe qué hacer con sus
pobres y desvalidos, no es cuestión de que lo haga el estado, pues se cuelan
muchos vagos e indeseables en esos programas de ayuda. Parásitos de la
sociedad.
Esto es lo que piensan los
grandes empresarios y la derecha política que les apoya. Ellos tienen la
fuerza, la moral, los medios de comunicación y las leyes. Además son los
responsables directos de los paraísos fiscales.
Eso de la “economía
sumergida” es una cuestión del fontanero y el “chapuzas” que no pagan el
IVA. No se habla nunca de la ingente cantidad de personas que contratadas y
pagadas por seis horas trabajan nueve o la cantidad de jornaleros ilegales o no
que trabajan por la mitad de lo mínimo o los que hacen trabajos en su casa para
empresas y por los que no cotizan y pagan una miseria. Eso es parte de la
oferta y la demanda de trabajo. ¡Es lo que hay!
Los que formamos parte de la
“mercancía” del “mercado de trabajo” vivimos bajo la ley de la oferta y la
demanda.
¡Esto saltará por los aires!
¡Habrá una revolución! No es cierto.
En nuestra tipo de sociedad
liberal y no social, el estado puede aguantar perfectamente un veinticinco e
incluso un treinta por ciento de la población en la pobreza. La familia, las
diversas asociaciones de caridad y otras campañas más o menos paliativas pueden
hacer que la vida sea soportable para el resto de los treinta millones de
habitantes, somos cuarenta y cuatro millones, la miseria puede ser invisible.
Un estado asistencial es posible. Está muy lejos de lo que llamamos justicia
social, podemos retroceder cuarenta años…pero…acaso hay conciencia social.
No
son los pobres los que pueden salir de esa situación es la clase media, culta y
concienciada la que debe hacer que la justicia social sea una realidad.
La idea de “lucha de clases”;
conflicto social entre la clase dominante y la dominada. Dicen los interesados
que es un concepto antiguo y pasado de
moda. Habrá que volverlo a poner de moda y reactivarlo pues el “mercado de
trabajo” se asemeja cada día más a “mercado de mano de obra”. Los hombres y las
mujeres convertidos en mercancía de subasta.
Una de dos, o los asalariados y
autónomos y pequeños empresarios se organizan política, laboral y
socialmente haciéndose dueños de un Estado que redistribuya la riqueza del país
a través de los salarios, las cotizaciones (salarios indirectos) y los
impuestos (educación, sanidad y servicios públicos) o caemos en un estado
liberal (conservador o no) donde lo "asintencial" se imponga a lo social.