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28 feb 2011

LA MUERTE Y EL CONOCIMIENTO I

Aberrante, escandaloso, espeluznante, repugnante, vergonzoso y paradigma de todas las injusticias es la muerte de un niño por hambre.
La muerte tiene adjetivos, dependen de quién muere y cómo muere. Morir es algo natural

 

Quién

La muerte de un ser querido se siente con dolor en el espíritu... puede tener muchas características,  estupor, culpable, amargo, desconsolado... a veces dolor físico.
Conozco a una mujer que durante más de doce años estuvo cuidando a su madre enferma, sus hijos crecieron y jugaron y estudiaron y fueron niños y adolescentes con su abuela en la cama. La madre murió, hablé con la hija, había dolor y en el fondo de sus ojos  alivio y de ese descanso un atisbo de culpa. La dedicación había sido absoluta y el resultado natural. ¿Por qué culpa?
Es angustiosa la muerte de un niño al que conoces o conoces a sus padres y se me antoja que absurda. Pero nos fijamos ahora en el quién no en el cómo. Me lo contaron los que lo vivieron.
Un niño, un día cualquiera sube al autobús del colegio resbala y se da con el bordillo de la acera.
No pasa nada, se levanta corriendo. Un pequeño chichón, tal vez hoy es un día importante para él, un examen que se sabe... la revancha de un partido de fútbol en el recreo que seguro van a ganar, pero aquel golpe afectó a una arteria meníngea y poco a poco fue sangrando hasta que el dolor de cabeza con el que llegó al hospital era un síntoma de una situación irreversible. La muerte, la natural muerte también de un niño.
¿Y si hubiésemos ido al hospital en el primer momento? Preguntas... preguntas que no tienen respuesta.

Cómo

Lo inesperado de la muerte, la forma en la que se muere, si se une a quién  muere, transforma lo natural de la muerte en absurda, injusta, trágica, horrorosa, espeluznante o en sensación de alivio e incluso en justicia poética.
Accidente, descuido, intencionalidad, evolución de la existencia... todo ello es una circunstancia que ocasiona unos u otros sentimientos, pero pertenecen a lo más natural que hay en este mundo... la muerte.

He vivido una cuantas muertes.
Tres ejemplos
La primera. Cuatro y media de la madrugada es la hora en la que no pasa nada, “el músculo duerme, la ambición descansa” Entra en urgencias un hombre de 50 años alto, fuerte No podía respirar,  amoratado y  un abdomen excesivamente abultado, todo el mundo haciendo su trabajo,  cuatro o cinco personas;  la mascarilla de oxigeno salta por los aires por la fuerza de una bocanada de sangre que sale con fuerza, tibia, negra, excesiva que nos salpica a todos. Unas varices esofágicas han reventado, no hay nada que hacer, todo en silencio, se acabó, cada uno se limpia como puede y después nos ocuparemos del muerto, alguien debe decírselo a la familia.
La segunda. A las dos de la madrugada, una chica preciosa de 23 años entra en urgencias, un cuchillo de mas de 30 cm está clavado en su abdomen, me cuesta un poco separarlo,  no se puede hacer nada, tres cuchilladas en el abdomen. Dos horas después la policía trae a su asesino. Un cirujano (me acuerdo de su nombre, Miguelena) le cose las múltiples heridas que tiene en la cara, le ayudo con una herida de 30 cm en el pecho, huyendo, se había topado con la maquina de un tren.
¿Por qué la has matado?:- Le pregunto, la respuesta es neutra, sin sentimiento de culpa: “Porque era mía”.
La tercera. A las 23 horas, en el hospital, una mujer de 95 años me dice que tiene mucho sueño, está allí por deterioro general y deshidratación, tiene la medicación correspondiente y las constantes vitales en orden:- “No hay problema, apagamos la luz  y duerme, esta noche no hay que hacer nada”. Se durmió, y no despertó, cuando pasé por allí  a las cuatro estaba muerta.
La muerte es algo natural. Seguiremos hablando de lo que pasa después de la muerte.

13 feb 2011

EL TRIUNFO DE LA BATALLA DE TAHRIR EN EL CAIRO

Una oración, una vela, una flor, un recuerdo para Mohamed Bouazizi, el joven tunecino que se quemo cuando la policía le quitaba su puesto de frutas para extorsionarle. Desesperación.
Un joven universitario que sin futuro solo quería llevar un poco de pan a su madre y a sus hermanas.
Aquella fue la mecha que prendió la revuelta de Túnez y esta fue la mecha que prendió la revuelta en Egipto.
Además  el hambre, la falta de libertad, la injusticia, la corrupción obscena de sus gobernantes y la dignidad de un pueblo que dijo: "¡Pan, paz y libertad!"
La resistencia de semanas en la plaza Tharir, la rabia contenida de la provocación de los sicarios del régimen entrando a caballo con palos y piedras para disolver la concentración, el dolor y el llanto por los muertos, la desesperación por los amigos desaparecidos, el miedo a los saqueos y la organización de la sociedad que solo tenia un objetivo: ¡Que se marche el tirano!
Todo se hacía desde la actitud pacifica e inamovible del que solo le queda la dignidad de ser humano.
¡El tirano huyó! Alegria, emoción, llantos y risas mezclados, lágrimas de triunfo, abrazos.
Lección a los países del primer mundo que aún tienen la soberbia de pensar que necesitan tutela.
¡Que envidia! Nosotros tuvimos un tirano que murió en la cama.
En nuestro país hay diputados del PP (González Pons), de derechas, que llaman a la rebelión como en Egipto, como si nuestros gobernantes fuesen tiranos, hace ocho años ellos mandaban, como si la revuelta de Egipto no fuese un grito de libertad y dignidad degradando su lucha a una táctica de bajos vuelos electoral. Otros como Aristegui (diputado del PP)  dudan de los Hermanos Musulmanes como demócratas. Supongo que no sabrá que hay buenos musulmanes que sufren la tiranía de los ayatolah.
¡Cuanta perversión!
Sí... a los egipcios le queda ahora lo complicado, lo tedioso, ponerse de acuerdo en unas reglas comunes que  garanticen el reparto de la riqueza, el acceso a la educación y a la sanidad, que la justicia sea independiente, que se pueda practicar la religión sin que ninguna sea excluida...se tardará, pero se puede llegar.
Hay jóvenes muy preparados en Egipto.
Más tarde informar y convencer al pueblo de que cada una de sus opciones es la mejor y que el pueblo decida.
Después vendrán los tacticismos y las relaciones con los demás vecinos... esa es otra historia.
El 25 de Enero le escribía a una persona que estaba en el Cairo en esos momentos: “...Son momentos muy ilisionantes, pues somos testigos de que algo puede cambiar. Los viejos como yo, descreídos, pensamos como Lampedusa que todo cambia para seguir igual, pero el punto vital del corazón me dice que los jóvenes siempre deben intentarlo. Seguro que conocerás personas que están detrás de todo este movimiento, soy consciente que desde el primer mundo nada podemos hacer pues somos parte del problema, pero mi energía intelectual está con ellos, en silencio sin molestar, pero con emoción. Saludos y ojalá.

6 feb 2011

EL CAIRO. LA BATALLA DE TAHRIR

En mi primera visita a Egipto me enamoré del Cairo.
Una boda y dos sonrisas tuvieron la culpa.
No habia pasado dos día en esa ciudad cuando fui invitado a una boda, en un barrio pobre a casi dos hora del centro de la ciudad. El primer día era la fiesta de los invitados del novio. Cuando me lo presentaron vi su sonrisa, hacía tiempo que no veía nada igual, era la sonrisa de un hombre limpio de corazón, sincero, honrado, decente y sencillo.
Me encanto aquella sonrisa, me sentí cómodo.
La fiesta se hacia en la calle en un callejón sin asfaltar de apenas cuatro metros de ancho, con luces de neón colgando a lo largo de la calle, sillas, niños a los que les llegaba alguna colleja por traviesos, una jarra de agua fresca que corría de mano en mano y mujeres y hombres dando palmadas y cantando alguna canción que seguro se podría traducir por: “Tiene la Tarara..”, habia amabilidad en aquella reunión, no tanto por ganas de agradar, como  porque te sintieras uno de los suyos. Pensé cuando me iba de aquel barrio que habría reuniones de esas en cualquier parte del mundo,  los seres humanos teníamos muchas más cosas en común de los que nos parecía.
Al final de una gran avenida está el barrio de los turistas, enfrente habia otro barrio que los turistas desconocían y que sin embargo contenía un sinfín de tiendas para vender, a mi me interesaban los pañuelos de algodón egipcio y las especias, en una de ellas me encontré con un jovenzuelo indolente que cuando señalaba una especia se limitaba a decir el nombre en árabe, enseguida salió un joven de unos treinta años que no solo me decía el nombre sino que cogía un puñado y me las envolvía para que me las llevase, le compre unas cuantas, la vainilla era particularmente olorosa, cuando me marchaba vi de reojo como el joven reprendía al adolescente, por no poner más empeño en la venta.
Andaba por aquella calle estrecha llena de tiendas cuando vi una niña de unos seis años, sujeta a la frente llevaba una bolsa grande y que le colgaba de la espalda, donde iba metiendo cartones y papeles que cogía del suelo, la miré y tenia unos ojos verdes preciosos, pero lo mejor fue su sonrisa, aquella sonrisa la tengo fielmente grabada en la memoria, era una sonrisa para agradar, te regalaba la sonrisa, no te pedía nada a cambio, duró mucho menos de lo que yo hubiese querido pues ella continuó con su trabajo. ¡Dios que sonrisa tan maravillosa!
Un poco más adelante quisimos comprar una shisha, la joven rubia que nos acompañaba y que hacia hacia tres años vivía en el Cairo inició las negociaciones, no se puede comprar nada, más o menos caro si no se regatea, ya estaba aclimatado y me senté en una terraza cercana, de un cafetucho de paredes verdes, desconchadas que como único adorno tenia un cartel con la foto de Nasser, el hombre que estaba a mi lado con un te y fumando apenas me miró, no tenia interés, ya me conocía perfectamente, un turista despistado, sin embargo le interesó más aquella joven rubia que sabia hablar perfectamente cairota y que sabia negociar una compra, eso es una virtud.
No sé árabe pero un “turquis cofi” se entiende perfectamente, y entonces la volví a ver, allí estaba la niña sentada, llorando, como llora un niño que ha perdido algo o no le han dado lo que quiere, me pareció injusto que una niña que trabaja no tuviese lo que quería, le dije a mi hija de doce años que comprase un gran racimo de uvas y se lo regalase, cuando la niña lo vio se sorprendió y no lo cogió enseguida, miró a un hombre mayor que tenia al lado y el hombre asintió mientras pronunciaba la palabra francesa cadeaux (regalo), el hombre me miró y no me dijo nada pero su mirada era de agradecimiento en nombre de la niña, me fijé que tenia un hermoso bigote estilo siglo XIX. Antes de marcharme de aquel barrio volví a ver a la niña comiéndose la uvas con una amiga, la sonrisa era de agradecimiento, era distinta, la anterior había sido única.
Estos día he visto la televisión y las fotos de la lucha del pueblo cairota por su dignidad, por decir que dejen de robarle, por echar al monstruo que les impide tener un futuro...todos aquellos que conocí en esos días en El Cairo estaban allí... los de la boda y el hombre de las especias y el del bigote que sabia francés y los jóvenes que me vendieron la shisha, y el cairota impasible del café...es emocionante ver a un pueblo luchar...solo así se consigue que haya hombres honrados que sonrían y niñas que te regalen un momento de felicidad.