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18 feb 2015

DOLOR


Estas en el hospital. El ser al que quieres y al que cuidas, hoy duerme.
La una de la madrugada, andas por el pasillo, sesenta y seis metros, arriba y abajo. Oyes música, piensas en la situación política, en los problemas de la familia, meditas, haces poemas de amor fantástico o real, no distingues, ¿para qué? Oyes lamentos y algún grito. Enfermeras y auxiliares acuden al lecho del enfermo. Un alivio en forma de gotero milagroso y la palabra adecuada.
Cuando estaba en ese lado, el dolor es un síntoma, la alarma, no es la enfermedad, esta es la que hay que tratar principalmente.
En este lado, en el del enfermo, el dolor es la percepción sensorial desagradable.
Nadie quiere el dolor.
Me tomo un café despacio, sigo andando. No hay sueño. Pienso en el dolor, en otro sufrimiento del que a menudo se habla. Es muy subjetivo. Realmente no es dolor, es la tristeza.
¡Me duele el alma!  Es le sentimiento de intensa pena, de tristeza en sus distintos grados. Desde la melancolía hasta a la desesperación. Es una perdida.
Quiero identificar el dolor anímico con el dolor físico.
No se me ocurre nada peor para una persona que la perdida de un hijo. No me lo imagino. Si tengo que ponerle un emparejamiento físico no seria un dolor podría se algo así como una hemorragia cerebral extensa. El cuerpo tiene convulsiones, la mente se obnubila, pierdes el habla y vas hacia el coma. La muerte de un hijo es difícilmente resistible. Si vuelves a este mundo, el cuerpo ya no es el de antes, ya no es tuyo y la mente queda trastornada. Puedes recuperarte pero es difícil, costoso, exige mucho tiempo.
La muerte de un ser querido que no sea tu hijo: un infarto de miocardio o al menos un ángor… depende del cariño. Un dolor agudo en el pecho, angustioso, muy desagradable, te anula. Cuando es amor lo que se va, el dolor te sugiere acompañar al ser que te deja. En el funeral de su amada el esposo gritaba amargamente: ¡Quiero irme contigo!
Hay pérdidas que no son físicas, son anímicas.
Te deja un amante, esta enamorada -en femenino, no se por qué- Es un cólico hepático, un dolor abdominal agudo, que te deja en quietud. No puedes hablar,  no quieres moverte. Es preciso que se vaya el dolor. Necesitas  hablarle, gritarle, insultarle, preguntarle, rogarle.
Una amigo se va sin decirte nada, es un cólico nefrítico, no estas tranquilo, te mueves constantemente.
Hay desapariciones lentas, pérdidas que apenas percibes, pero van dejando su poso. Querías visitar aquella persona…no encontraste o no te dejaron el momento. Te hubiese gustado abrazar…no te atreviste. Quisiste hablar… pasó el tiempo.
Pasa el tiempo, inexorable. Tienes edad y tienes un poso permanente de tristeza. No te impide vivir, pero existe. Es un  dolor fijo, a veces, invalidante, que necesita medicación continua, es la artrosis del espíritu.
Para todos los dolores hay un analgésico, también para la artrosis del espíritu. ¡Enamórate!
Enamórate de todo. Enamorarte de tu pareja, enamórate de la poesía, de los poetas, de la política, de los políticos, de la vecina, de las montañas y de los senderos que van a ellas, de tu médico. Enamórate del librero que te vende los libros, de la pescadera, del maestro de tus hijos o de la madre de sus amigos.  Enamórate de tu perro (es el único que te aguanta) o de un amigo al otro lado del mundo… enamórate de la libertad y utilízala para enamorarte.
El dolor desaparecerá, volverá la alegría. ¡Cuidado! No seas optimista.
Es importante la dosis. El tratamiento es diario y de por vida.




11 feb 2015

UN CUENTO

Hace mucho tiempo…

Salía de la guardia. La vi.
-¿Eres Sherezade?
-¡Hola!  ¿Qué tal? .Hacia tiempo que no me llamaban así. Me contestó mientras se reia.
-Te lo puse yo, hace cinco años, en una cena, por lo bien que contabas historias.
-Lo pasamos bien en aquella cena. Eras un encanto.
-Todavía lo soy. ¿Qué es de tu vida?
-Me case…me divorcie
- Vaya, lo siento.
-No lo sientas. Un gilipollas.
-Ha sucedido hace poco.
-Seis meses
-Te invito a desayunar y hablamos
-No puedo, tengo una niña y hay que relevar a la chica que la cuida.
-Haremos una cosa. Nos pasamos por Boulevard 45. Compro chocolate, lo hacen estupendo y croissant y los comemos con tu hija, en tu casa. ¿De acuerdo?
-Me parece bien.
Nos fuimos charlando. Había mucho que contar. Llegamos a su casa. Me fui a la cocina, trasteaba para poner el desayuno. Apareció al rato con una bata color violeta, entallada. Morena, media melena, ojos  castaños oscuros, grandes, la mirada pícara la sonrisa seductora. Caderas amplias. Pechos firmes. Estaba espectacular.
¡Dios, que mujer!
Me cogio de la mano y me dijo: ven a conocer a mi hija... no hagas ruido.
Fuimos a la habitación de su hija.. El pelo de Sherezade olía a jazmín. Se inclinó a tapar a la pequeña, dormía.
Me fijé en lo rotundo de su cuerpo. Volvimos a la cocina. La miré. Nos miramos.
En un momento le abrazo, le beso con pasión, se deja, se aprieta a mi cuerpo. Allí mismo en la mesa de la cocina, le acuesto. Yo encima. Acaricie sus muslos, le quité las bragas, bese su intimidad más profunda, la satisfacción surgió en su garganta. La reunión y el deseo eran tan fuertes que me ofreció su pelvis y la penetré sin vergüenza. Viril, rudo, casi violento. La respiración jadeante, los ruidos contenidos, por no despertar a la niña, aumentaban la excitación. Los muslos se estremecían y se arqueaban los cuerpos. Las humedades se mezclaron. Un jadeo final, un estremecimiento de cuerpos abrazados al deseo de que aquello fuese eterno.
No lo era.
Hubo risas, miradas de cómplice travesura.
Nos sentamos en el salón. Bebimos el chocolate, comimos los croissant.. Nos hicimos confidencias. No hubo más…tampoco menos.
La niña se levantó. En los brazos de su madre me miraba, curiosa.
-Le dice su madre: es un amigo que nos ha traído croissant.
-No me gustan los croissant, dice la niña, me gustan los cuentos, añade.
La madre se ríe. Te contaré un cuento, le digo, se titula...“Caperucita y el Lobo”