Estas en el hospital. El ser al que quieres y al que cuidas, hoy
duerme.
La una de la madrugada, andas por el pasillo, sesenta y seis
metros, arriba y abajo. Oyes música, piensas en la situación política, en los
problemas de la familia, meditas, haces poemas de amor fantástico o real, no
distingues, ¿para qué? Oyes lamentos y algún grito. Enfermeras y auxiliares
acuden al lecho del enfermo. Un alivio en forma de gotero milagroso y la
palabra adecuada.
Cuando estaba en ese lado, el dolor es un síntoma, la alarma, no
es la enfermedad, esta es la que hay que tratar principalmente.
En este lado, en el del enfermo, el dolor es la percepción
sensorial desagradable.
Nadie quiere el dolor.
Me tomo un café despacio, sigo andando. No hay sueño. Pienso en
el dolor, en otro sufrimiento del que a menudo se habla. Es muy subjetivo.
Realmente no es dolor, es la tristeza.
¡Me duele el alma! Es le
sentimiento de intensa pena, de tristeza en sus distintos grados. Desde la melancolía
hasta a la desesperación. Es una perdida.
Quiero identificar el dolor anímico con el dolor físico.
No se me ocurre nada peor para una persona que la perdida de un
hijo. No me lo imagino. Si tengo que ponerle un emparejamiento físico no seria
un dolor podría se algo así como una hemorragia cerebral extensa. El cuerpo tiene
convulsiones, la mente se obnubila, pierdes el habla y vas hacia el coma. La
muerte de un hijo es difícilmente resistible. Si vuelves a este mundo, el
cuerpo ya no es el de antes, ya no es tuyo y la mente queda trastornada. Puedes
recuperarte pero es difícil, costoso, exige mucho tiempo.
La muerte de un ser querido que no sea tu hijo: un infarto de
miocardio o al menos un ángor… depende del cariño. Un dolor agudo en el pecho,
angustioso, muy desagradable, te anula. Cuando es amor lo que se va, el dolor te
sugiere acompañar al ser que te deja. En el funeral de su amada el esposo
gritaba amargamente: ¡Quiero irme contigo!
Hay pérdidas que no son físicas, son anímicas.
Te deja un amante, esta enamorada -en femenino, no se por qué- Es
un cólico hepático, un dolor abdominal agudo, que te deja en quietud. No puedes
hablar, no quieres moverte. Es preciso
que se vaya el dolor. Necesitas hablarle,
gritarle, insultarle, preguntarle, rogarle.
Una amigo se va sin decirte nada, es un cólico nefrítico, no
estas tranquilo, te mueves constantemente.
Hay desapariciones lentas, pérdidas que apenas percibes, pero
van dejando su poso. Querías visitar aquella persona…no encontraste o no te
dejaron el momento. Te hubiese gustado abrazar…no te atreviste. Quisiste
hablar… pasó el tiempo.
Pasa el tiempo, inexorable. Tienes edad y tienes un poso
permanente de tristeza. No te impide vivir, pero existe. Es un dolor fijo, a veces, invalidante, que necesita
medicación continua, es la artrosis del espíritu.
Para todos los dolores hay un analgésico, también para la
artrosis del espíritu. ¡Enamórate!
Enamórate de todo. Enamorarte de tu pareja, enamórate de la poesía,
de los poetas, de la política, de los políticos, de la vecina, de las montañas
y de los senderos que van a ellas, de tu médico. Enamórate del librero que te
vende los libros, de la pescadera, del maestro de tus hijos o de la madre de
sus amigos. Enamórate de tu perro (es el
único que te aguanta) o de un amigo al otro lado del mundo… enamórate de la
libertad y utilízala para enamorarte.
El dolor desaparecerá, volverá la alegría. ¡Cuidado! No seas
optimista.
Es importante la dosis. El tratamiento es diario y de por vida.
Me sigue pareciendo fascinante cómo conjugas el mundo del alma y el del cuerpo; el espíritu y la materia, bajo tu pluma, fluyen como el agua de dos ríos que se funden. Me encanta
ResponderEliminarEres un encanto Maria Luisa. Me animas constantemente. Gracias.
EliminarFede, algunos de tus comentarios me sorprenden y me cuesta entenderlos, me parece que también son fruto de tu estado animo.
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