Hace mucho tiempo…
Salía de la guardia. La
vi.
-¿Eres Sherezade?
-¡Hola! ¿Qué tal? .Hacia tiempo que no me
llamaban así. Me contestó mientras se reia.
-Te lo puse yo, hace
cinco años, en una cena, por lo bien que contabas historias.
-Lo pasamos bien en
aquella cena. Eras un encanto.
-Todavía lo soy. ¿Qué
es de tu vida?
-Me case…me divorcie
- Vaya, lo siento.
-No lo sientas. Un
gilipollas.
-Ha sucedido hace poco.
-Seis meses
-Te invito a desayunar
y hablamos
-No puedo, tengo una
niña y hay que relevar a la chica que la cuida.
-Haremos una cosa. Nos
pasamos por Boulevard 45. Compro chocolate, lo hacen estupendo y croissant y
los comemos con tu hija, en tu casa. ¿De acuerdo?
-Me parece bien.
Nos fuimos charlando. Había
mucho que contar. Llegamos a su casa. Me fui a la cocina, trasteaba para poner
el desayuno. Apareció al rato con una bata color violeta, entallada. Morena, media melena, ojos castaños oscuros, grandes,
la mirada pícara la sonrisa seductora. Caderas amplias. Pechos firmes. Estaba
espectacular.
¡Dios, que mujer!
Me cogio de la mano y
me dijo: ven a conocer a mi hija... no hagas ruido.
Fuimos a la habitación
de su hija.. El pelo de Sherezade olía a jazmín. Se inclinó a tapar a la pequeña,
dormía.
Me fijé en lo rotundo
de su cuerpo. Volvimos a la cocina. La miré. Nos miramos.
En un momento le
abrazo, le beso con pasión, se deja, se aprieta a mi cuerpo. Allí mismo en la
mesa de la cocina, le acuesto. Yo encima. Acaricie sus muslos, le quité las
bragas, bese su intimidad más profunda, la satisfacción surgió en su garganta.
La reunión y el deseo eran tan fuertes que me ofreció su pelvis y la penetré
sin vergüenza. Viril, rudo, casi violento. La respiración jadeante, los ruidos
contenidos, por no despertar a la niña, aumentaban la excitación. Los muslos se
estremecían y se arqueaban los cuerpos. Las humedades se mezclaron. Un jadeo
final, un estremecimiento de cuerpos abrazados al deseo de que aquello fuese
eterno.
No lo era.
Hubo risas, miradas de
cómplice travesura.
Nos sentamos en el
salón. Bebimos el chocolate, comimos los croissant.. Nos hicimos confidencias.
No hubo más…tampoco menos.
La niña se levantó. En
los brazos de su madre me miraba, curiosa.
-Le dice su madre: es
un amigo que nos ha traído croissant.
-No me gustan los croissant,
dice la niña, me gustan los cuentos, añade.
La madre se ríe. Te
contaré un cuento, le digo, se titula...“Caperucita y el Lobo”
La niña lo tenía claro, Jesús: No le gustan los croissant porque ella sabe cuál es el marido perfecto y ella quiere lo mejor para su mamá.
ResponderEliminarEl marido perfecto es aquel que lleva a la cama a su mujer un café con leche con la mano derecha, un libro en la mano izquierda, una rosa roja en la boca y una docena de donuts en el pito.
Definitivamente, Jesús. Con un croissant ya no enamoras a nadie en los tiempos que corren. Y menos si es sólo uno. Un abrazo.
Jaaa. Con un croisant no enamoras a nadie...pero puedes pasar un rato agradable...¿o no?
EliminarPues nada Fede, así fue y así se lo hemos contado.
ResponderEliminarNo estoy seguro de que fuese así...pero lo hemos contado.
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