Archivo del blog

11 feb 2015

UN CUENTO

Hace mucho tiempo…

Salía de la guardia. La vi.
-¿Eres Sherezade?
-¡Hola!  ¿Qué tal? .Hacia tiempo que no me llamaban así. Me contestó mientras se reia.
-Te lo puse yo, hace cinco años, en una cena, por lo bien que contabas historias.
-Lo pasamos bien en aquella cena. Eras un encanto.
-Todavía lo soy. ¿Qué es de tu vida?
-Me case…me divorcie
- Vaya, lo siento.
-No lo sientas. Un gilipollas.
-Ha sucedido hace poco.
-Seis meses
-Te invito a desayunar y hablamos
-No puedo, tengo una niña y hay que relevar a la chica que la cuida.
-Haremos una cosa. Nos pasamos por Boulevard 45. Compro chocolate, lo hacen estupendo y croissant y los comemos con tu hija, en tu casa. ¿De acuerdo?
-Me parece bien.
Nos fuimos charlando. Había mucho que contar. Llegamos a su casa. Me fui a la cocina, trasteaba para poner el desayuno. Apareció al rato con una bata color violeta, entallada. Morena, media melena, ojos  castaños oscuros, grandes, la mirada pícara la sonrisa seductora. Caderas amplias. Pechos firmes. Estaba espectacular.
¡Dios, que mujer!
Me cogio de la mano y me dijo: ven a conocer a mi hija... no hagas ruido.
Fuimos a la habitación de su hija.. El pelo de Sherezade olía a jazmín. Se inclinó a tapar a la pequeña, dormía.
Me fijé en lo rotundo de su cuerpo. Volvimos a la cocina. La miré. Nos miramos.
En un momento le abrazo, le beso con pasión, se deja, se aprieta a mi cuerpo. Allí mismo en la mesa de la cocina, le acuesto. Yo encima. Acaricie sus muslos, le quité las bragas, bese su intimidad más profunda, la satisfacción surgió en su garganta. La reunión y el deseo eran tan fuertes que me ofreció su pelvis y la penetré sin vergüenza. Viril, rudo, casi violento. La respiración jadeante, los ruidos contenidos, por no despertar a la niña, aumentaban la excitación. Los muslos se estremecían y se arqueaban los cuerpos. Las humedades se mezclaron. Un jadeo final, un estremecimiento de cuerpos abrazados al deseo de que aquello fuese eterno.
No lo era.
Hubo risas, miradas de cómplice travesura.
Nos sentamos en el salón. Bebimos el chocolate, comimos los croissant.. Nos hicimos confidencias. No hubo más…tampoco menos.
La niña se levantó. En los brazos de su madre me miraba, curiosa.
-Le dice su madre: es un amigo que nos ha traído croissant.
-No me gustan los croissant, dice la niña, me gustan los cuentos, añade.
La madre se ríe. Te contaré un cuento, le digo, se titula...“Caperucita y el Lobo”


5 comentarios:

  1. La niña lo tenía claro, Jesús: No le gustan los croissant porque ella sabe cuál es el marido perfecto y ella quiere lo mejor para su mamá.
    El marido perfecto es aquel que lleva a la cama a su mujer un café con leche con la mano derecha, un libro en la mano izquierda, una rosa roja en la boca y una docena de donuts en el pito.
    Definitivamente, Jesús. Con un croissant ya no enamoras a nadie en los tiempos que corren. Y menos si es sólo uno. Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Jaaa. Con un croisant no enamoras a nadie...pero puedes pasar un rato agradable...¿o no?

      Eliminar
  2. Pues nada Fede, así fue y así se lo hemos contado.

    ResponderEliminar
  3. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

    ResponderEliminar