La montaña se entrega, se desvela al
amanecer. Se ofrece con el sol.
Inventa colores, siembra olores y
propaga sonidos.
Entre pinos, hayas, acebos , abedules
la montaña matiza la luz blanca en mil tonos distintos y entre ellos
el viento ejecuta suaves melodías que acompañan los gorjeos de los
pájaros. Sonidos de murmullos de agua salvaje y alegre que corre y
busca su camino.
Caminos umbríos o llenos de luz,
caminos que se construyen con los pasos del enamorado de la montaña.
Senderos alfombrados de musgo y hojas y ramas desprendidas de su
tronco, secas y convertidas en hogar de insectos.
El aire huele a pino y hojas húmedas, a
perfume de lavanda , a tierra y a madera. Huele a recuerdo.
La piel se envuelve en una cálida humedad y la sensación física de bienestar, devuelven a la mente
la sensación de tranquilidad, no piensas, sólo sientes. Estas
amando a la montaña.
Llega la tarde y la montaña se vela,
Es la dueña de si misma. Te echa. Ves como lentamente, pero sin
remedio, la gris niebla todo lo empapa. El sol del crepúsculo
desaparece. La piel siente el escalofrío del relente.
Si te alejas de la montaña veras el
sol y el rojo crepuscular y los campos verdes y dorados del cultivo
Seras un cobarde.
Quédate junto a la montaña. Aguanta el
fogonazo del rayo y el tronar del trueno. Ya no veras la montaña, la
sentirás.
Sentirás su magia y el miedo y la soledad.
En ese retiro,
la montaña te regalara algo mas preciado que la luz y los olores y
los sonidos y el bienestar y la tranquilidad.
Conocerás tu interior, aprenderás a
dominarte, averiguaras quien eres.
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