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6 feb 2011

EL CAIRO. LA BATALLA DE TAHRIR

En mi primera visita a Egipto me enamoré del Cairo.
Una boda y dos sonrisas tuvieron la culpa.
No habia pasado dos día en esa ciudad cuando fui invitado a una boda, en un barrio pobre a casi dos hora del centro de la ciudad. El primer día era la fiesta de los invitados del novio. Cuando me lo presentaron vi su sonrisa, hacía tiempo que no veía nada igual, era la sonrisa de un hombre limpio de corazón, sincero, honrado, decente y sencillo.
Me encanto aquella sonrisa, me sentí cómodo.
La fiesta se hacia en la calle en un callejón sin asfaltar de apenas cuatro metros de ancho, con luces de neón colgando a lo largo de la calle, sillas, niños a los que les llegaba alguna colleja por traviesos, una jarra de agua fresca que corría de mano en mano y mujeres y hombres dando palmadas y cantando alguna canción que seguro se podría traducir por: “Tiene la Tarara..”, habia amabilidad en aquella reunión, no tanto por ganas de agradar, como  porque te sintieras uno de los suyos. Pensé cuando me iba de aquel barrio que habría reuniones de esas en cualquier parte del mundo,  los seres humanos teníamos muchas más cosas en común de los que nos parecía.
Al final de una gran avenida está el barrio de los turistas, enfrente habia otro barrio que los turistas desconocían y que sin embargo contenía un sinfín de tiendas para vender, a mi me interesaban los pañuelos de algodón egipcio y las especias, en una de ellas me encontré con un jovenzuelo indolente que cuando señalaba una especia se limitaba a decir el nombre en árabe, enseguida salió un joven de unos treinta años que no solo me decía el nombre sino que cogía un puñado y me las envolvía para que me las llevase, le compre unas cuantas, la vainilla era particularmente olorosa, cuando me marchaba vi de reojo como el joven reprendía al adolescente, por no poner más empeño en la venta.
Andaba por aquella calle estrecha llena de tiendas cuando vi una niña de unos seis años, sujeta a la frente llevaba una bolsa grande y que le colgaba de la espalda, donde iba metiendo cartones y papeles que cogía del suelo, la miré y tenia unos ojos verdes preciosos, pero lo mejor fue su sonrisa, aquella sonrisa la tengo fielmente grabada en la memoria, era una sonrisa para agradar, te regalaba la sonrisa, no te pedía nada a cambio, duró mucho menos de lo que yo hubiese querido pues ella continuó con su trabajo. ¡Dios que sonrisa tan maravillosa!
Un poco más adelante quisimos comprar una shisha, la joven rubia que nos acompañaba y que hacia hacia tres años vivía en el Cairo inició las negociaciones, no se puede comprar nada, más o menos caro si no se regatea, ya estaba aclimatado y me senté en una terraza cercana, de un cafetucho de paredes verdes, desconchadas que como único adorno tenia un cartel con la foto de Nasser, el hombre que estaba a mi lado con un te y fumando apenas me miró, no tenia interés, ya me conocía perfectamente, un turista despistado, sin embargo le interesó más aquella joven rubia que sabia hablar perfectamente cairota y que sabia negociar una compra, eso es una virtud.
No sé árabe pero un “turquis cofi” se entiende perfectamente, y entonces la volví a ver, allí estaba la niña sentada, llorando, como llora un niño que ha perdido algo o no le han dado lo que quiere, me pareció injusto que una niña que trabaja no tuviese lo que quería, le dije a mi hija de doce años que comprase un gran racimo de uvas y se lo regalase, cuando la niña lo vio se sorprendió y no lo cogió enseguida, miró a un hombre mayor que tenia al lado y el hombre asintió mientras pronunciaba la palabra francesa cadeaux (regalo), el hombre me miró y no me dijo nada pero su mirada era de agradecimiento en nombre de la niña, me fijé que tenia un hermoso bigote estilo siglo XIX. Antes de marcharme de aquel barrio volví a ver a la niña comiéndose la uvas con una amiga, la sonrisa era de agradecimiento, era distinta, la anterior había sido única.
Estos día he visto la televisión y las fotos de la lucha del pueblo cairota por su dignidad, por decir que dejen de robarle, por echar al monstruo que les impide tener un futuro...todos aquellos que conocí en esos días en El Cairo estaban allí... los de la boda y el hombre de las especias y el del bigote que sabia francés y los jóvenes que me vendieron la shisha, y el cairota impasible del café...es emocionante ver a un pueblo luchar...solo así se consigue que haya hombres honrados que sonrían y niñas que te regalen un momento de felicidad.

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