El hombre se sentó en su sillón preferido y miró sin ver lo que tenía alrededor.
Empezó a llorar sin saber por qué.
Entregado al sollozo, sin vergüenza, pensó en lo poco que valía... no se sentía estimado, ni valorado, ni querido y presentía que tenía la culpa de aquello... ¿Qué podía hacer?
En su mente solo había preguntas y más preguntas... ninguna tenía respuesta.
Sus ojos seguían llorando y su cuerpo hundido aun más que su espíritu en aquel sillón. Se había sumergido en aquel vicio de la tristeza y la desesperanza que le libraban de toda responsabilidad. El respeto era para los hombres con un conocimiento que él no poseía.
Todo era lágrima y tristeza, amargura y soledad.
Una taza grande de café negro, caliente y dulce tenía en la mano sin saber como había llegado allí.
Lo bebió con lentitud. El llanto había concluido. Se lavo la cara y se miró al espejo fijamente y mientras se miraba, recitaba en voz alta... pasear al perro, cambiar mil euros de cuenta, coger los impresos en tráfico, comprar pan y fruta, arreglar la puerta del armario, buscar la mochila en el cuarto trastero, hacer la comida, leer los periódicos, repasar el correo...
Miró el reloj, eran las ocho de la mañana. Me ducharé después, pensó mientras se vestía. Calculó, a las once en casa, esos quince kilómetros hay que hacerlos en menos de tres horas. El perro estaba en la puerta esperándolo. Se miro en el espejo. Se había vestido todo de caqui, parecía un uniforme de camuflaje. Era pequeño, gordo y calvo, pero sabia que tenia musculatura fuerte y en esos momentos... la mente abierta. Se fue hacia la puerta y antes de salir, miró los cinco bordones que tenía en el paragüero... cogió una vara delgada como de gitano. Abrió la puerta y dijo: ¡vamos!
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