Se me había olvidado algo
que había sucedido.
Algo de lo que yo me arrepentía
o, tal vez, me jactaba.
Algo que debió ser de otra manera.
Algo que era importante
porque pertenecía a mi vida: era mi vida.
(Perdóname si considero importante mi vida:
es todo lo que tengo, lo que tuve;
hace ya mucho tiempo, yo la habría vivido
a oscuras, sin lengua, sin oídos, sin manos,
colgado en el vacío,
sin esperanza.)Poema de José Hierro
que había sucedido.
Algo de lo que yo me arrepentía
o, tal vez, me jactaba.
Algo que debió ser de otra manera.
Algo que era importante
porque pertenecía a mi vida: era mi vida.
(Perdóname si considero importante mi vida:
es todo lo que tengo, lo que tuve;
hace ya mucho tiempo, yo la habría vivido
a oscuras, sin lengua, sin oídos, sin manos,
colgado en el vacío,
sin esperanza.)Poema de José Hierro
El lunes veintiocho de mayo era fiesta en Santander. Andaba contento por el paseo Reina Victoria y pasando la curva de la Magdalena me pare a ver el mar, encima de la playa del Camello. Era lindo el día, el cielo limpio y la mar azul. Media docena de veleros con el spinnaker a rebosar de viento enfilaban la entrada de la bahía.
¡Qué precioso es Santander!
Nunca me marché de mi ciudad, pero ese día la descubrí nueva, la miraba con la memoria, el recuerdo de mi juventud. De los dieciséis a los veintitrés años fui dichoso (cuando la dicha es tristeza, alegría y generosidad, nunca indiferencia) En tierras de Santander descubrí todos los paradigmas que me han acompañado en mi vida. He descubierto que mi vida tiene etapas muy definidas. Esa de mi juventud, después hasta los cuarenta y tres, una época de plenitud, una explosión de vitalidad; la última (hasta ahora) ha sido de tranquilidad, me han enseñado a sistematizar los conocimientos y a concretar mi compromiso. Supongo que dentro unos años, cuando mi hija adolescente pase su etapa yo emprenderé otra etapa que el futuro me oculta.
Ese lunes me sorprendí en mi juventud.
El responsable de ese recuerdo es Javi, un buen tipo, tres años más joven que yo pero nos hicimos amigos. Hacía treinta y cinco años que no lo veía. Cuando hacíamos revistas habladas o teatro era él quien conseguía cualquier cosa, para que elescenario fuese perfecto. Sigue igual. Me localizó y se puso en contacto y me invito a esa comida de antiguos alumnos salesianos, una cada dos años, acepté su invitación e hice bien. La reunión, el sábado veintiséis. Me sentí a gusto, no había muchos de mi promoción pero si conocía a algunos. Hablamos y contámos anécdotas. Recordé al amigo con el que andábamos juntos hasta el colegio, primero subiendo la cuesta de Antonio Mendoza y después los dos kilómetros hasta los salesianos e íbamos hablando de libros de piratas. También estaba Juan Ángel, el cura, solo siete años más que yo, entonces era “pelo pincho” comentamos sobre los salesianos que marcaron mi educación, de cómo algunos se marcharon del sacerdocio; el Concilio Vaticano II descuadró algunos, otros que se comprometieron demasiado, tuvieron que marchar de España. Eran malos tiempos para la gente buena. Salió a relucir un Salesiano que se murió hace un par de meses y que le echaron de la orden en 1977, Giulio Girardi, uno de los precursores de la Teología de la Liberación, de los Cristianos por el Socialismo, del dialogo ético con los Marxistas, que influyó en el Concilio Vaticano II. Conocí a Girardi en el seminario de Derio, cerca de Bilbao, junto al Padre Llanos. en una mesa redonda sobre la violencia.
Girardi y Llanos. ¡Qué hombres! ¡Qué inteligencia! ¡Qué personalidad!
Reflexionando sobre todo lo dicho y oído en ese día, encontré recuerdos maravillosos.
Me di cuenta que todos tuvimos la misma cultura, los mismos profesores y hasta nos besaron las mismas chicas y sin embargo (debe ser bueno que sea así) cuan distintos nos encontramos en nuestra forma de ver la vida y de resolver los problemas que se nos plantean, cuan distinta es nuestra ideología. Puede que influya el trabajo, la familia y el sistema en el que vivimos nos condiciona. Un compañero, empresario por familia y trabajador desde que lo conocí a los catorce años, decía: “Si me toca decir a quien pago cuando las cosas van mal, si al banco o a los trabajadores, no me queda más remedio que pagar al banco, porque si no la empresa se va al garete y nadie tendremos trabajo” Un ejemplo de que el sistema no es bueno.
Aún con todo ello, estoy convencido que somos como cada cual quiere ser.
En aquella reunión se habló de Nacho, con el que había quedado al día siguiente. Hablaban de él como de persona más madura que nosotros (tiene dos años mensos que yo), era el “obrero”, las conversaciones se hacían menos frívolas delante de él. Eso era cierto. Apenas estuvimos juntos una hora, pero fue suficiente. No había cambiado. Conocía el percal, era igual que mi amigo Miguel. Cuento un chiste: cuando nacieron Nacho y Miguel la comadrona les dijo a sus madres: “Señora, no ha tenido un niño, ha tenido un sindicalista” No confundir con la idea que tenemos de los sindicalistas de la prensa, estoy hablando de personas que son dueñas de sus ideas, de trazo duro en su carácter, no dogmáticos pero muy analíticos, ascetas y honrados a machamartillo, ni un ápice de ambición de poder, todo lo contrario. Ambos se parecen en eso y se diferencian en todo lo demás. Proceden de sitios distintos y su trayectoria es distinta, pero su esencia como personas es la misma. Nacho fue un paradigma para mí y eso fue lo que reconocí en Miguel y por todo ello un gran amigo y he procurado ser siempre un buen colaborador.
Mi juventud fue buena conmigo, Javi me lo recordó. Estas letras son, de alguna forma, el agradecimiento a todos aquellos chavales que con su amistad y su compañerismo, conformaron en mí una forma de ejercer la libertad.
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