Hay suicidas fanáticos, los japoneses de la segunda guerra mundial, los
yihadistas. Son suicidadas irreflexivos, sin inteligencia. Están los románticos,
son suicidadas egoístas, son incapaces de afrontar una realidad distinta de la
de sus sueños, son cobardes. Están los suicidas patológicos, los depresivos,
los desesperados, no saben lo que hacen, ven en el suicidio la curación a
un dolor que ya no pueden resistir.
Yo quiero hablar del suicidio lúcido, reflexivo, voluntario, aquel que se ha
decidido mediante un razonamiento en que la existencia carece de sentido.
La existencia que vives está
falta de sentimientos: la compasión, el afecto, la alegria o la tristeza no son más que conceptos
que se hablan o escriben, pero no existen. El respeto... se ha olvidado su significado... se ridiculiza
en las películas de mafiosos asemejándolo al miedo. La excelencia o la sabiduría
no tienen crédito frente a la charlatanería de los medios de comunicación, donde triunfan los timadores de la sabiduria. Lo que vives alrededor es el desorden, la mediocridad. El que tiene
un talento apenas se esfuerza por mantenerlo, el que carece de alguna habilidad
no tiene ningún interés por adquirirla.
La ética es una quimera y cada uno parece decir: “Yo mi vida la vivo como quiero” ,sin
consecuencias, sin deberes. Todo el mundo lo acepta sin cuastionamientos éticos. La libertad no obedece a la inteligencia, si no a
los instintos. (Tal vez exista una moral, una costumbre, pero sin un cuestionamiento ético)
Sartre decía que delante de un niño que se muere de hambre toda esto es una
mierda, pero la verdad es que cada vez hay más personas (en un aumento
exponencial) cuya baja autoestima les hace imposible reaccionar. Son esclavos o
al menos siervos de una sociedad viciada. Es un veneno que se apodera de todos
nosotros como la niebla se apodera del valle, lenta pero inexorable. Todo lo hace oscuro y viciado. Los sentidos se ven saturados por una
existencia individualista, egocéntrica,
competitiva, sin escrúpulos, sin compasión, salvaje. Solo el más fuete sobrevive Todo es gris, no
hay matices, no hay colores, la existencia es monótona. Las luces de colores,
las caras pintadas... la satisfación es superficial, decadente y
profundamente artificial. Las muecas, los ojos saltones y las lenguas fuera
no son rebeldía…son extravagancia.
La existencia ha dejado de tener
sentido.
La religión cristiana habla de la vida, pero Jesús que era hombre y era
Dios, sabía que iba a morir y se entregó a su muerte. En la oración de los
olivos él no quería y pidió no beber de ese cáliz, pero era necesaria su
muerte, fue un suicidio lúcido y necesario, debía de morir si quería resucitar.
No existe la religión católica si no es por la Resurrección. Es lo único que le
da sentido. Es increíble que en el noventa por cierto de los templos se
represente el símbolo del catolicismo como el de la cruz, el de la muerte y no
el de la Resurrección (en la iglesia de los Salesianos de Santander, el templo
está regido por un gran Cristo Resucitado, ¡bien por ellos!)
Cuando la existencia no es válida, cuando en ella no puedes ser, cuando
ello es fruto de la reflexión y ese razonamiento te lleva al suicidio, creo,
pienso, asevero… ese suicidio es éticamente
adecuado.
He visualizado mi suicidio muchas veces. No hay dolor. Dos pastillas de
Sintrom para aumentar de forma casi irreversible la coagulabilidad de la sangre,
una cuchilla fina, una sauna caliente donde tus músculos estén relajados y el
calor deje en blanco tu mente, un corte limpio fuerte, tres centímetros por
encima de la muñeca para que la arteria radial quede seccionada y salga la sangre
a borbotones rápidos porque el calor acelera el ritmo cardiaco, te iras durmiendo
como en un sueño agradable hasta que la existencia deje de ser.
¡Cuántas veces lo he imaginado! Y en medio de la escena siempre me surge
una pregunta: ¿Cuáles son las consecuencias de mi muerte?
Fui testigo de una reunión de personas, teníamos en común ser amigos de una mujer que se acababa de
suicidar. Lloros, poesías, recuerdos de su vida…solo me llamo la atención un
hombre que llorando y enfadado gritaba: ¡Me has hecho una putada marchándote!
¿Cuáles son las consecuencias de mi muerte?
Cuando conteste a esa pregunta volveré a plantearme las condiciones de mi
existencia.
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