No hay tradición cultural que no
justifique el monopolio masculino de las armas y de la palabra, ni hay tradición
popular que no perpetúe el desprestigio de la mujer o que no la denuncie como
peligro.
(Eduardo Galeano, “Mujeres)
Es la historia de una mujer. Da igual su nombre. No quiero que su
historia se convierta en un caso particular cuando es una historia habitual.
Historia de personas invisibles.
La historia es de cuando en este país no había crisis, sólo había
explotación. El sistema es la crisis. Es el sistema que nos hemos dotado
y del que al parecer buen número de personas no quieren salir. Las ganancias
son privadas y las pérdidas son públicas.
Hace tiempo daba cursos a personas que estaban calificadas como
“personas con dificultades para la inserción laboral”.
Es una mujer de cincuenta años, ajada y aspecto triste y desolado.
Pelo castaño, sin brillo, recogido en una coleta sin gracia, apenas
peinado. Pese a todo resultaba atractiva. Estatura media y bien
proporcionada, delgada. Aunque el vestido era dos tallas más grande de lo
que necesitaba se notaban formas muy femeninas, redondas y rotundas. Ojos más
grises que azules y una voz grave.
Ella apenas hablaba en el curso, lo justo para no ser maleducada,
frases cortas con palabras aprendidas que no corresponden al léxico habitual
(típico de los autodidactas). Casi siempre con los brazos cruzados, se sentaba
en la primera silla que estuviera cerca de la salida. Tenía tal cara de
cansancio que apenas la trataba por no presionarla, no había pena en su rostro,
era hastío. A la salida del primer día del curso quise hablar con ella, pero se
zafó de mí, apenas me miró a la cara y se fue deprisa.
Al salir de clase, al tercer día, la encontré sentada en una
plazoleta; debajo de la estatua de Agustina de Aragón (pura ironía). Se puede
luchar mejor contra los enemigos que contra la vida. Le pregunté. Se echó a
llorar, quise consolarla agarrándola por los hombros, pero noté un
estremecimiento de rechazo, más instintivo que voluntario. Lo dejé.
Háblame: te escucho, no tengo prisa, estoy sólo para ti, en este
momento. Me miró y empezó hablar. Incoherente. Casi dos horas
estuvo hablando. Me conmovió.
Reponedora de unos grandes almacenes de alimentación. Hija única
de padres mayores. A los veinte años se casó con un muchacho que acababa de
entrar de electricista en el ayuntamiento. El amor, la boda y los hijos.
Ella dejó de estar empleada, pero no de trabajar. Trabajó de ama de casa,
que es trabajar de muchas cosas. Era feliz, muy feliz con su marido. Tuvo un
hijo. De él y de su marido se ocupaba con agrado, cada uno de los trescientos
sesenta y cinco días que tiene el año.
Pasó la infancia y adolescencia del hijo y todos sus problemas.
Pasó las promociones, los problemas y los ascensos de su marido. Disolvió su
juventud en su marido y en su hijo. Pasaron los años y era una mujer
madura. Ella tenía más tiempo y también más preocupaciones. Su marido
había progresado, era más importante en el ayuntamiento, más jefe; más
reuniones, más salidas, más trabajo; menos tiempo para ella.
Fue a talleres de muy distinta índole que ofrecía en el barrio.
Una amiga abrió una tienda de ropa infantil y la ofreció un trabajo de
dependienta, turno partido, le hizo ilusión. Cuando lo planteó en la familia
todo fueron pegas: “¿No eres feliz ahora?”, “Para qué vas a ponerte a
trabajar”, “No nos hace falta el dinero”, “Quién se va a ocupar de la casa”… Se
dejó convencer y siguió, no tan feliz, de ama de casa. Pasaba mucho tiempo sola.
A su alrededor no había afecto, ni sensibilidad, ni gratitud, ni
reconocimiento. Acababa de cumplir cuarenta y cinco años, sus padres habían
muerto hace tiempo, las amigas estaban en la misma o parecida situación y
apenas se veían, cuando se reunían parecía que iban a comerse el mundo y
soltarse la melena y lo único que quedaba era aún más vacío en el corazón
y jaqueca y ardor de estómago. Las palabras “divertirse” y “placer” eran sólo
palabras que no tenían ninguna expresión práctica en sus vidas. Su hijo se
había marchado a trabajar fuera del país. Su marido apenas le hacía caso
y al parecer siempre estaba trabajando. Alguna noche de insomnio solitario
descubrió lágrimas de tristeza en su mejilla. Tenía una palabra nueva en su
vocabulario: “desamor”. En el barrio, en una reunión de mujeres, le hablaron de
poesía. La leyó. Entendió que sus sentimientos estaban descuidados, olvidados.
Ella tenía sentimientos, quería ser feliz, quería vivir… disfrutar del
amor
Cuarenta y cinco años. Tres meses después de su cumpleaños quiso
hablar con su marido. Ella no era feliz. La conversación devino en una tristeza
infinita, en un dolor debajo del corazón insoportable, las lágrimas salían a
borbotones de los ojos, su cerebro no podía pensar.
Su marido se marchaba de casa, hacía tiempo que se había enamorado
de otra.
Casi un año tardó en hacerse cargo de su situación. Un año de
dolor, culpa, abatimiento, desaliento. Un año de tortura anímica y
desorientación. En su corazón sólo habitaban la amargura y la tristeza.
No tenía derecho más que a una triste compensación que apenas
duraba seis meses, después a trabajar. ¿De qué? No tenía ningún tipo de
cualificación. Nunca había cotizado. La ley no la protegía. Ella era libre para
que hubiese trabajado mientras estaba casada, ni siquiera había sido demandante
de empleo - le había dicho una administrativa de la oficina del paro donde fue
a registrarse como demandante de empleo-. Le miró con rabia y se repetía a sí
misma: “Había sido libre para trabajar en lo que ella quería”. Le habían
engañado de muchas maneras. Volvió a llorar. No era nadie, no tenía recursos, a
nadie le importaba.
Por teléfono, su hijo: “Mamá si necesitas algo lo pides, pero aún
eres joven, no te preocupes que todo se arreglará, ánimo”
Trabajó de asistenta en una casa que apenas le daba para vivir y
no tenía cotización, le quedaban veinte años para jubilarse y necesitaba al
menos quince de cotización para poder tener una jubilación para mal vivir. Veinticinco
años de “ama de casa” sin vacaciones ni festivos no cotizan a la seguridad
social. A su hijo y a su marido nunca les faltó jabón en la bañera, ni camisas
limpias, ni un plato de comida caliente, ni una palabra de consuelo, ni una
amante cariñosa, ni una enfermera eficaz. A su hijo y a su marido nunca les
faltó una mujer que les quisiera a los dos. Una mujer por la que nadie cotizó.
Entró a trabajar en un restaurante hace nueve meses, hastiada,
triste y sin ninguna ilusión por la vida. Era una pura rutina de
insatisfacción. El repulsivo y grasiento marido de la dueña del restaurante
donde, lo mismo hacía comidas, que barría o fregaba la vajilla, se dedicaba a
tocarle el culo o a rozarla asquerosamente; le daba asco, se aguantaba, no
movía ni un músculo. Hace un mes ese cretino quiso propasarse un poco más e
intentó subirle el vestido, ella le dio un bofetón y una patada, el puerco le
devolvió el sopapo, se armó un pequeño escándalo cuyo resultado fue que la
dueña despidió a la mujer.
Hoy está haciendo un curso de “difícil reinserción laboral” (una
mierda burocrática), llorando, contándole su vida, las sensaciones de una
vida, a un desconocido.
Le di nombres y sitios donde podría encontrar trabajo. Le dije que
no se preocupase del curso, se lo iba a dar como asistida.
Se secó los ojos, apenas musitó un “gracias” mientras cogía las
notas que le había dado. En su cara no se notó ni una mínima señal de ilusión.
Cinco meses después a las seis de la mañana la encontré en
urgencias, destrozado el esqueleto, el conductor del camión que la atropelló
decía que se le había echado encima. Aún tardó en morir, aún sufrió
dolores cuando la ponían en la camilla, sufrió dolores cuando la
trasladaron en ambulancia, sufrió dolores cuando la volvieron a poner en
otra camilla en urgencias. Cuando me acerqué a ella ya estaba muerta y muerta
la reconocí. Era la mujer que me había contado su vida debajo de la estatua de
Agustina de Aragón.
No sentí tristeza, sentí una enorme ira.
Tal vez me hubiese gustado acabar su historia diciendo que a la
salida del trabajo me encontré con una bella mariposa que posiblemente sea la
reencarnación de esa mujer. No.
No había mariposa. Sólo ira y frío y lluvia y un tiempo
repelente, de un repugnante día, de una sociedad infecta que abandona a sus
ciudadanos. A los mejores, a los más buenos, a los más débiles… y a sus
mujeres. Mierda de país, mierda de mundo, mierda de sociedad.

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