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9 ago 2016

EL ORGASMO

Callejeaba mi existencia y la vi.
Flexionada sobre sí misma, en posición fetal, apenas un bulto, no había nadie en los alrededores, un banco de madera solitario, una plazoleta vacía, un sollozo incontrolado.
Me acerque suavemente.
-Perdone, ¿Le pasa algo? ¿Puedo ayudarle?
Se enderezó, al tiempo que me miraba.
-No gracias, no pasa nada.
-La veo muy triste y abatida. A lo mejor hablando, se le pasa antes.
-Le he dicho que no necesito nada. Déjeme en paz.- Me espetó en un tono airado, molesta.
-Perdone, señora, sólo quería ser amable.
Secó sus ojos con un pañuelo de papel, extendió la mano y susurro:
-Discúlpeme usted a mi, por favor, estoy mal.
-No se preocupe, la entiendo, no pasa un buen momento, es obvio. La invito a un café aquí al lado y se calma. Me llaman Fede y a usted.
-Me llamo Sheila. Y trátame de tú, por favor
-Como quieras Sheila.
Cuarenta pasos en silencio y llegamos al café. Un té verde para ella un café cortado para mi.
-Perdona.
La miré mientras se alejaba. Llevaba un vestido violeta estampado en blanco, de algodón muy fino que se pegaba a su cuerpo, andaba lenta, con paso largo, muy segura de sí, los hombros hacia atrás y la melena morena de bucles que le llegaba hasta unos hombros rellenos, amplias caderas. Elegante porte.
La miré mientras se acercaba. Tenía una cara muy atractiva, pómulos sobresaliente, labios finos y ojos de miel, grandes y con grandes pestañas, su nariz era recta y sin características. El vestido se pegaba al cuerpo realzando sus muslos, un ligero abultamiento en el abdomen bajo, le daba atractivo sensual. Generosos pechos y generoso escote en un vestido de tirantes diseñado para la atracción. Era una mujer hermosa.
Inicié la conversación.
-Ya te he dicho que me llaman Fede. Soy jubilado, trabajaba para la administración pública y ahora me dedico a la poesía.
-¿Poeta? Eres poeta.
-En realidad soy un diletante, hubiera querido ser un bohemio, nunca pude. De vez en cuando escribo poemas. Precisamente, esta noche, iba a un “pub” donde hay un “micrófono abierto”; vas, te apuntas, te presentan y puedes leer tres poemas cortos o dos largos o uno muy largo o relatos o cantar o tocar un instrumento, un espacio escénico de arte. Ves aquí llevo mis poemas de hoy.
Escuchaba con atención la génesis de los versos que tenía en su mano.
-Este de la “Oscuridad” no me gusta, pero este otro de “Volar, cada cual con sus alas” me gusta. Cuéntame más cosas de ti.
La conté de dónde era, algo de mi trabajo y lo que suponía era de mi carácter. Ella estaba sentada con las piernas cruzadas y fumaba continuamente.
-Sobre todo me gusta estar sentado hablando con mujeres tan guapas como tú.
Sonó una risa.
- Me alegra tu risa.
-Eres encantador, das confianza.
-¿Quieres contarme algo de ti? A veces con los desconocidos es más fácil.
-Ufff. Te lo diré de memoria. Lo he repasado tantas veces en mi cabeza, intentando buscar la paz. Pensé que la había conseguido. Me casé joven, más por marcharme de casa, que por estar enamorada, a los seis años me divorcie. . No podía tener hijos y aquel cabrón no dejaba de reprochármelo, hice de todo, mejor dicho, me hicieron de todo. Me dejaron la autoestima por los suelos. Estuve ingresada por depresión. He estado doce años dando tumbos, viviendo sola o medio sola, de amor en amor y de fracaso en fracaso, pero, sobre todo, trabajando y estudiando. Soy relaciones públicas. Hace diez años que vivo con Sergio, cinco años más joven. Hoy le he pillado en el garaje de casa, besándose dentro del coche con su secretaria. Un cabrón, es un cabrón. Me he marchado llorando. La verdad es que ahora mismo ni sé dónde estoy, ni donde he dejado el coche. Es una mierda esta vida. Creí que había encontrado algo. Ya llevamos diez años !Diez años! Yo estaba en la gloria, era feliz y ahora este mazazo. ¡Joder no me lo merezco! Otra vez sola...y a mis años.
-Mujer. Lo de los años no cuenta. Siempre se puede empezar, siempre. Te invito a cenar. Seguimos charlando. Con el azúcar alto, el cerebro piensa más y el corazón sufre menos.
A partir de entonces la noche fue evolucionando hacia una estupenda locura en la que me sumergí consciente y alegremente, con la avaricia de quien no puede, ni quiere desaprovechar absolutamente nada.
Ella me cogió del brazo y paseábamos hacia el restaurante. Hablamos de todo, ella pasaba de la conversación trivial a Sergio de este a preguntarme sobre mi y mi vida.
La miraba, paseaba a su lado y notaba su cálido cuerpo, el roce de sus cadera o de sus pechos, oía su voz clara y aterciopelada, su maravillosa risa.
En apenas dos horas las confidencias se habían hecho presentes, hablando de nuestros sueños, desengaños, amores y sentimientos, con la confianza que dá el no verte juzgado.
Cenamos y a medida que transcurría la cena y bajo la influencia de las tres copas de vino que llevaba, se hizo alegre y dicharachera. Me preguntó por lo que iba hacer en el pub, le explique y quedamos en que ella iba a leer unos poemas, que tenía en mi móvil, de Gioconda Belli. Le gustaban los poemas, entre risas y declamaciones, nos dirigimos hacia “Micrófono Abierto”
Entró en el pub como si hubiera estado toda la vida, se notaba su profesión, recitó, nos reímos, nos emocionamos con algún poema y sobre todo bebimos, ella chupito de hierbas, yo gintonic.
Salimos de allí, iba contenta, en un momento me abrazó con fuerza y me dio las gracias. Me susurró:
-Me has aliviado mucho. Vamos, ahora guio yo. He bebido mucho, voy a necesitar un poco de...
Se tocó la nariz.
Recorrimos algunos garitos, no encontraba. Al final cogimos un taxi que nos llevó a una discoteca "after hours", una decena de jóvenes universitarios y tres solitarios bebedores sin futuro, ni presente. Nos sentamos. Sheila estaba nerviosa, me sonreía y miraba de aquí allá, sentada en el taburete y con la falda levantada hasta la mitad del muslo. Me pareció fastuosa, una diosa, puse la mano cinco centímetros encima de su rodilla, ella ni se movió, nos miramos fijamente y en sus ojos, vi una clara mirada de ligero reproche “ no me decepciones”. No dejé de mirarla y retiré la mano, pero la dije: eres hermosa. Se sonrió y me dio un suave beso en los labios, apenas un roce. Vio lo que buscaba y marchó rauda; un hombre delgado, de pelo canoso, con chaleco vaquero y una argolla en la oreja, la acogió con una sonrisa. Tiene todo el aspecto de camello, pensé que era el uniforme, como los guardias o las enfermeras. Allí se quedó charlando con él y yo me lié con uno de los “bebedores”, los conocía bien, eran el mismo desde el Dry Club de los sesenta, en Santander, o el Grifo de los ochenta, en Zaragoza. En cada década un garito y en cada uno, el mismo bebedor. Te cuenta la misma historia, historia de desamor y soledad, de la misma forma; claro que todos contamos la misma historia de la misma forma, siempre.
La vi salir del baño con el de la “argolla”, contenta y bailando. Había conseguido lo que quería. Me llevó a la pista de baile, se sorprendió que yo bailase bien. Se reía.
Bailamos y bebimos. Me abrazó y me beso. Sus labios , su pecho y su pelvis los noté en mi piel y en mi cerebro. Fue algo increíble. Si el alcohol, había hecho mella en mí, después de aquello se me había pasado, necesitaba toda mi conciencia para disfrutar de ese momento. Poco menos de una hora estuvimos así y me propuso suavemente al oído:
-Vámonos, tengo las llaves de la casa de una amiga, me las ha dejado para cuidar de sus plantas.
Salimos del local. La calle apenas iluminada. Veinte pasos dimos, abrazados por la cintura cuando oímos una voz: ¡Sheila!
Ella se volvió rauda y alejándose tres metros de mí, alzó la voz
-Eres un cabrón, ni se te ocurra decirme nada
-Lo siento cariño decía el otro. Supuse que era Sergio
-Te lo explicaré todo, no había nada, si hubiera habido algo, se ha terminado. Y tú, qué haces abrazada a este viejo.
Ella en alto, con los brazos en jarras y mirándolo fijamente le dice:
-No es un viejo, es mas inteligente que tú , más sensible y mucho más hombre. Tú eres un gilipollas
El tío aquel me miró agresivo y pensé: -¡Joder! Me van a pegar de hostias.
Saque un poco de pecho, metí las manos en los bolsillos para dar aspecto de seguridad y mirándolo fijamente puse cara de Bruce Willis cuando murmura: “ No lo hagas, muchacho, será peor para ti”
Debió resultar buena la actuación. Sergio miro a Sheila suplicante, puso las palmas de las manos juntas como para rezar, ella se arrimó a él, entrelazados se perdieron en la oscuridad de la noche.
Ella no me dijo nada, ni siquiera se volvió a mirarme.
Me dí la vuelta para irme, cuando de la oscuridad salió una valkiria de no más de veinticinco años, que dijo: “quieres algo conmigo”, arrastrando la erre de forma terrible. La miré, fumaba.
-Contigo nada, pero si tienes un cigarro si lo quiero.
Hacía veinte años que había dejado de fumar. Me dio uno, lo encendí, y aspiré como si el humo de aquel cigarro me salvase la vida. El humo entró hasta el último de los alvéolos. La nicotina paso a la sangre y de allí al cerebro y noté paz, relajación, alivio, tranquilidad y sosiego. Las emociones se esfumaron.
Expulsé poco a poco el humo e incluso hice redondeles con la boca, aún me acordaba.
Fui a dar una segunda calada y oí, de nuevo, la voz de la amazona:
-Quieres hacer algo juntos.
No dí una segunda calada. Tiré el cigarro, la guiñé un ojo.

-No cariño, acabo de tener un orgasmo.

6 comentarios:

  1. Jajajajajajaj. Me ha encantado. Me tuvo en vilo desde el principio hasta el final. Y sí, dile a ti amigo Antonio Saiz Pi que es un relato corto.

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  2. Jajajajajajaj. Me ha encantado. Me tuvo en vilo desde el principio hasta el final. Y sí, dile a ti amigo Antonio Saiz Pi que es un relato corto.

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  3. No puedo ser muy objetiva, amigo, pero está bastante bien. Si afinas adjetivos, descripciones, (gestuales, sobre todo) y eliminas algún "PALABRO", quedará más auténtico.:) Repasa las comas, cariño, y tiempos verbales. "ELLA DICE" por ELLA DIJO, etc. Un besito, Jesús.

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