Salgo de casa, giro al sur, a ciento
cincuenta metros me encuentro con una gran avenida. Tiene una acera muy amplia,
por su izquierda discurre un carril bici y una zona ajardinada. Allí se
inicia el paseo, voy tranquilo con mi perro que va siempre suelto por la zona
ajardinada.
Me cruzo con personas, algunas de
ellas habituales.
La gacela, le llamo, una joven con
ropa deportiva negra y un gorro de lana haciendo juego. Corre y corre muy bien.
Me extraña esa actividad en ese lugar en vez de una pista de atletismo. Sus pies
no caen sobre el talón sino sobre la punta de sus pies, una técnica de buena
corredora, de élite, da la impresión. Es felina en su porte, una delicia verla.
Saludo, él contesta siempre. Un octogenario
bien vestido, con abrigo negro y bastón que camina despacio, con paso
seguro. ¿Qué hace ese hombre con una gorra de beisbol? ¡Por Dios!
Nos paramos al vernos. Es un hombre elegante, tal vez un poco mayor que yo, no
mucho más. Tiene un pelo canoso muy bien peinado y lleva a una perrita Golden muy juguetona y preciosa que siempre se acerca
a que la acaricie, tiene doce años y el descastado de mi perro ni se le acerca.
El dueño y yo intercambiamos algunas palabras rutinarias… perros, tiempo,
gente. Ahora me fastidia no haberle preguntado el nombre.
Tres hombres muy habladores que
gesticulan al hablar, van en ropa deportiva y uno de ellos tiene un gran
mostacho siglo XIX. ¡Buenos tardes! me responden los tres al unísono y siguen con
su entretenida tertulia,
Un hombre alto con bufanda tapándole
la boca que no saluda. La mujer mayor y obesa que se castiga andando deprisa,
se le ve fatigada. Supongo que alguien le habrá dicho lo fundamental de la
dieta.
Están las “adolescentes”, no se cruzan
conmigo si no que marchan en mi dirección son un grupo de tres, siempre muy risueñas. No me hubiese dado cuenta de esas
mujeres si no fuera por su comportamiento. Están entre los cincuenta y sesenta.
Un día literalmente me atropellaron. - ¡Perdón!… ¡perdón! Siguieron su camino riéndose. En otra ocasión
se pusieron a jugar con mi perro y a correr con él, tuve que llamarle. Menos
mal que respondió, hubiese hecho un poco el ridículo si no me obedece. Ellas seguían
alborotadas y contentas. Una vez pasaron y me saludaron, dicharacheras,
con un “buenas tardes” y diciendo: ¡Llevas
un sombrero muy bonito! Al tiempo que se reían y seguían su camino. Estuve a
punto de decirlas: ¡señoras, menos prozac! Me pareció ofensivo y me calle la boca, obviamente se referían
a mi txapela. Creo que alguna me conoce de algo y me provocan. Con frecuencia algún
comentario en forma de saludo y continuamente alegres.
En mi barrio hay personas con las
que me cruzo habitualmente y las conozco. Luis el barrendero, natural de Dos Hemanas, Sevilla. Hace poco tuvo a su suegra mala y estaba preocupado, un
ictus, se recupera. Mercedes, la de la tintorería, algo más que cinco décadas en
su cuerpo macizo, dos divorcios y una risa sonora, amable. Jesús, me dice, dame
ese abrigo que te lo plancho de un momento, lo cuelgas mal. Dicho y hecho, un
poco de conversación mientras plancha y el abrigo vuelve a su ser. Marta la
panadera, joven, cantadora de jotas, algo nerviosa y muy eficaz sirviendo,
conoce bien a su clientela, cuando alguna vez no se siente bien, se apena uno,
se la ve muy apagada. Tiene una gran familia de la que habla continuamente. Das
la vuelta a la esquina y tengo a Teresa la vendedora de pollos y bastantes delicatesen
que exhibe en sus estanterías. Rubia, delgada, atractiva y buena conversadora. Con un marido riojano de buen comer y
beber. Con ella dos empleadas, Ruth una joven alta y simpática y Alejandra una
colombiana tímida, que me sonríe cuando le llamo por su nombre. En el siguiente
portal esta la fruta y verdura, me atiende un matrimonio, José Antonio y
Rosario, excelentes profesionales que conocen el oficio, charlamos de vez en
cuando de calidades y procedencias. Rosario se fija mucho en cómo voy vestido y
alguna vez me dice si no le gusta o en verano cuando llevo las guayaberas que
dice me hacen más “fino”. Buena gente. Javier el del cupón de la ONCE, habla
por los codos, la vez en que tienes tiempo te puedes enterar de todo lo que ha
ocurrido en el entorno. Otra Marta, también joven, la lotera, con un hijo de
ocho años, los lunes es su peor día. Dice que me adora porque un lunes la vi
tan nerviosa que la lleve unas trufas de chocolate que me las acepto con una
gran sonrisa. Tenemos un acuerdo, o me da un buen premio de la primitiva o me
da la salud suficiente para ir todas las semana a visitarla al establecimiento
y rellenar yo los boletos y charlar un rato con ella hasta al menos los ochenta
y cinco años.
Acudo siempre al mismo bar, los
camareros, Iris, Miguel, Carlos, Rafa el encargado Gonzalo. Me conocen. Saben lo que tomo, lo traen sin decir nada, un cortado en taza, un vaso de agua y un trozo
de pan para la “bestia”. Es un bar-restaurante de los mejores de la zona con
una estupenda relación precio calidad. A veces distraemos una cena a base de ensalada Cesar y una copa de buen
verdejo, mi compañera se decanta por los sándwich.
Cuando me marche del barrio habrá
otros barrios iguales donde me encontraré a las mismas personas. Hay millares
de barrios como este en mi país… ¡Los están destrozando! Gente de mala ralea,
liberales que crean riqueza para ellos, codiciosos de las finanzas,
especuladores de los mercados y políticos que les bailan el agua y se prestan, ideólogos
del darwinismo social. Están dejándonos sin estos barrios. “Gente que va apestando la tierra” dice Machado.
En mi barrio hay muchos
colegios, debajo de mi casa, uno, sólo de infantil. Veo a los pequeños todos
los días. Me duele el alma solo pensar que uno de ellos pueda pasar hambre. Veo
a sus maestros en el patio y pienso que tenemos derecho, como sociedad, a que
esos maestros tengan una vida asegurada y digna, que sea cómoda, para que que
dediquen todos sus esfuerzos a educar e instruir a nuestros hijos y nietos.
Veo pasear a Enriqueta con
su sonrisa de optimista, esa sonrisa que ha ganado al dolor. Hablo con ella. En
el momento en que el dolor apague su sonrisa necesitará un médico que la trate
y un enfermera que la cuide y una auxiliar que la atienda y un celador que la
traslade y me gustaría que esas personas tuviesen la tranquilidad de sus
trabajos para atender bien a Enriqueta y no estuviese preocupada por si puede o
no pagar sus medicinas.
Deberemos organizarnos en
cada barrio para que la gente de la que hablaba Miguel Hernández se lleve lo que se merece.
“… Yugos os quieren poner
/ gentes de la hierba mala, / yugos que habéis de dejar / rotos
sobre sus espaldas”
Y mientras esto ocurre no
tendré inconveniente en decirles a las "adolescentes" la próxima vez que me las
encuentre: - ¡Señoras! ¿Les apetece tomar una cerveza conmigo? A lo mejor me
dicen que sí. A lo mejor es el principio de una gran amistad. A lo mejor me
contagian de su alegría. A lo mejor…