Uno de enero de dosmilcatorce. Día amable. Empezó bien, casi tres cuartos
de cava en el cuerpo y a las tres en la cama. Me levanto temprano, los
periodistas se han ido de juerga y los periódicos digitales repiten. A las
nueve tengo noticias de mi hija, no está en un hospital ni en comisaria. Todo va bien.
Lola y yo decidimos dar un paseo hasta el centro. Hay un hermoso paseo peatonal
hasta la plaza de España. Fernando el Católico, la Gran vía y el paseo de la
Independencia y vuelta a casa. No hay gente por las calles, el perro nos
acompaña y va suelto. Nos paramos un momento para ver los grandes carteles del Palacio de Conciertos (cinco minutos de
casa), hace poco sacamos un bono para dos entradas de conciertos los domingos
por la mañana. Comentamos que hay domingos con excelentes programas. Ravel,
Mozart, Stravinski…orquestas jóvenes y excelente precio, cincuenta y cinco euros los catorce conciertos,
algunos muy aptos para mis hijos e incluso mi nieta de seis años.
Debajo de ese señor tranquilo de pantalón gris y chaleco gris con abrigo
camel hay un hombre que anhela que el
mundo viva como él, un burgués que sabe leer y lee, no hay más.
Devuelta del paseo, casi dos horas, nos vamos a comer al restaurante al
lado de casa, tres minutos andando, Rogelo´s. El restaurante está lleno, hemos
reservado una mesa. Nos recibe el dueño un viejo simpático y sentimental que a
Lola se le antoja un poco “untuoso”, me saludó Gonzalo el maître, muy
profesional. Más simpáticos los camareros que me conocen de años, Iris, Miguel
y Carlos, este último me pregunta por mi perro Ron, se llevan bien, él tiene
dos perros. Menú estupendo. Vino de rioja, Campo Viejo, sin medida, lo que
quieras beber. Unos entremeses a base de jamón y pan con tomate, ensalada Cesar
(en Rogelio´s la hacen muy bien) y huevos rotos con patatas y virutas de jamón.
Entre merluza y cordero nos decantamos por el cordero que sirven con unas
tarrinas de patatas con bacón muy bien hechas y el cordero deshuesado con una
salsa de boletus (muy satisfactorio) de postre una mous al cava rodeando un
helado de limón y mermelada de arándanos y cava (freixenet, tengo que hablar con
el dueño hay cavas brut mejores y más baratos que frixenet) también sin medida
y el café. Total sesenta y seis euros en total. Dice Lola que bien, ella estaba
contenta y la comida fue divertida.
Hablamos de la familia de la nuestra y de la de enfrente. Familia de libro.
Abuelos, hermana de abuela, dos hijos y dos nueras una de ellas “normal” la
otra excesivamente moderna, una mujer de cuarenta con un vestido de dieciocho.
La “normal” con cuatro hijas, la segunda muy pija, “cheta”, diría un argentino,
la hija de la moderna más revolucionaria, tenía cara de que no estaba a gusto.
Todo ello deducido mientras tomábamos el postre, divertido. A la derecha un
grupo de abuelas que en sus tiempos o fueron profesoras o enfermeras, Lola las tenía
más a su vista y dedujo, una mirada mia de soslayo certificó la aseveración.
De las conversaciones de la familia mejor no hablar por si leen el blog,
que nunca se sabe. Mi médico no lee el blog o sea que tranquilo y hasta el próximo
análisis tengo tiempo de recuperar mi páncreas y mi peso.
Echo de menos aquellos tiempos en los que la resaca del uno de Enero te impedía
digerir otra cosa que no fuese una buena sopa de pollo caliente.
Ahora este burgués que de vez en cuando tiene mala conciencia, después de
una siesta escribe un artículo sobre el encanto de la burguesÍa.
Después de un día como el de hoy quisiera que el mundo fuese solo un
conjunto de estupendos burgueses cuya discusión más frecuente fuese si tal
novela era romántica o erótica, si es mejor con el menú de hoy un crianza o un
reserva y el impago de una multa de
tráfico fuera socialmente inaceptable.
Tengo que mirar seriamente si la disfunción pancreática afecta a mis neuronas.
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